lunes, 29 de octubre de 2018

Los duendes del otoño


Pues señor esto era una vez dos duendes, muy amigos, que se llamaban Ochi y Drolas.

Un día, de madrugada, que es a la hora en la que se van a la cama los duendes, Drolas le dijo a Ochi que por qué no iban a colocar las hojas de los árboles por el suelo del bosque… Es que ya llegaba el Otoño y todavía los árboles andaban un poco vagos con eso de sacudirse las hojas.

Como todo el mundo sabe, cuando llega el Otoño las hojas se caen…. Y eso es porque tienen que dejar paso a que otras nuevas se coloquen en las ramas.

Pero aquel año nadie sabía qué pasaba….. el caso es que las hojas no se querían caer….. “que no, que no” se les oía gritar desde lejos.

Al principio Ochi no quería ir….. es que tenía muchiiiiisimo sueño, pero Drolas se puso tan pesado que terminó diciéndole que “vaaaleee”.

Así que Drolas se puso su pantalón y su cajón de repartir hojas y Ochi su cestito y su tutú marrón para que se confundiera con el color de las hojas y así no se les viera correr entre los árboles.

Cuando llegaron al bosque, los dos duendes gritaron a los árboles: “¡vamos arbolitos haced el favor de mover vuestras ramas, pues ¿no veis que el Otoño ya ha llegado?”…. Pero los árboles decían que no, que ellos tenían mucho frío y que no querían desprenderse de las hojas.

El problema era muy pero que muy gordo. ¿Cómo se podría tener un bosque donde las hojas de los árboles no se caen en Otoño?. ¡Eso no podía ser!.

Así que, ni cortos ni perezosos, Ochi y Drolas se pusieron a empujar y a intentar sacudir las ramas de los árboles, mientras les gritaban “¡vamos vagos, moveos y soltad las hojas! ¡¿no os dais cuenta que eso es lo que hay que hacer en Otoño?!”

De pronto, un pino tan grande que parecía el jefe de todos, y que estaba en el centro del bosque, empezó a estirar sus brazos…. bueno, no, sus ramas… y entonces sucedió que todos los demás comenzaron a mover también las suyas.

Ya supondréis que es lo que pasó….. pues sí, que comenzaron a caer todas las hojas de todos los árboles del bosque….. y entonces el suelo se empezó a poner de colores….. amarillo, verde clarito, marrón……¡qué bonito estaba!.

Drolas y Ochi se chocaron las manos contentos de haber conseguido que el Otoño volviera, como cada año, a su bosque. Luego llenaron su cestito y su cajón de madera de hojas para llevarlas a casa y ponerlas, de adorno, en su puerta.

De vuelta a casa asaron unas castañas que les había dado un castaño enorme que hay al final del bosque. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 
 

Tana, Tono y las hormigas


Aquél día Tana y Tono estaban un poco aburridos la verdad, entonces decidieron salir un rato al jardín de la casa.

Aunque hacía un poco de frio en el cielo brillaba el sol y esto les animó a salir.

Al principio se pusieron a dar patadas a las piedras, y a correr y jugar al “que te pillo” y entre los dos se reían y se cansaban y se sentaron al fin en el suelo... y fue entonces cuando se fijaron en las hormigas.....

-“Oye Tono ¿tú crees que las hormigas tienen cerebro?”- dijo Tana

-“Pues no lo sé la verdad, pero parece que tienen poco cerebro....”- dijo Tono

-“¿Poco? ¿por qué lo dices?”- dice Tana

-“Pues mira pequeñas son, pero además van todas una detrás de otras en la misma dirección... parecen muy simples la verdad...”

-“Vamos a preguntar a papi.....”

Y entonces papá les explicó que las hormigas tienen hasta doscientas cincuenta mil células cerebrales en su minúsculo cerebro, células que se conectan cerebro de hormiga con cerebro de hormiga.....

Y claro los niños se quedaron boquiabiertos....

-“¿Sabes Tana?”- “Las apariencias engañan, no siempre el que parece mejor o más listo lo es...”.


martes, 12 de junio de 2018

Tana y Tono y las hojas de los árboles


En casa de Tana y Tono hay un jardín lleno de árboles que cuando llega el otoño se quedan sin hojas.

-“¿Por qué los arboles parecen desnudos papá? Se han quedado sin hojas y dan mucha penita...”- dijo Tana con un tono lastimero, mientras Tono asentía con la cabeza demostrando de ese modo que estaba totalmente de acuerdo con ella.

Entonces papá no tuvo otro remedio que explicar a los hermanos cómo funcionan las hojas, para que sirven y cuantos tipos de hojas hay, o al menos pudo enseñarles las hojas que había en su jardín.

Así es que cogiéndoles de la manita los llevó de árbol en árbol:

Primero fue un “sauce llorón”:

-“Mirad este árbol se llama llorón, sauce llorón, porque parece que las ramas caen así como si lloraran, tienen un montón de hojas y todas se caen”-

-“Este otro se llama Pino Piñonero, eso por dar piñas, que por cierto vienen muy bien para encender la chimenea en invierno, y mirad las piñas sí se caen pero las hojas no se caen, por eso se llaman árboles de hoja perenne”-

-“AHHHH”- dijeron los niños.

-“¿Y estos tan altos como se llaman?”- preguntó Tono

--“Estos tan altos se llaman Populos alba”- los ojos de los niños se quedaron abiertos, como platos: -“¿cómo?”- dijeron a coro –“bueno también se llaman álamos, o chopos...”-

-“¡Ah!”- dijeron aliviados, eso sí sabían lo que eran

Los niños seguían mirando a su padre fijamente, querían saber más de los álamos, así es que papá no tuvo otro remedio que contarles que son árboles de hojas caducas, o sea que se caen, que crecen muy rápido y que llegan a tener treinta metros de altura..... ah y también que en España hay muchos............

¡Qué bien ya sabían más cosas!